Thursday, July 16, 2015

El hispano que sufrió la desproporción en el castigo al tráfico de crack y cocaína en EE.UU.

  • 16 julio 2015
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Jason Hernández
Jason Hernéndez tenía un hijo de siete meses cuando fue sentenciado a cadena perpetua en 1998.
Cuando Jason Hernández entró a prisión, a los 21 años, pensaba que no volvería a ver el mundo exterior.
No había matado a nadie, su delito no le había reportado gigantescas ganancias, pero la naturaleza de las drogas que traficaba lo condenó a cadena perpetua sin derecho a libertad condicional.
Pero 15 años después, una sorpresiva decisión del presidente Barack Obama "le devolvió la vida", como le explicó a BBC Mundo.
En diciembre de 2013, las autoridades de la prisión federal de El Reno, en Oklahoma, le informaron que el presidente lo había incluido entre los presos a los que les concedía la reducción de sus penas por "disparidad de sentencias".
"Pasé de morirme en una celda a estar rumbo a mi casa", dice Hernández en una entrevista teléfonica.
Como traficante de crack, había recibido una sentencia 100 veces mayor a la de su proveedor sólo por el tipo de droga que distribuía.
"Mi proveedor, que me daba el polvo que yo convertía en crack, recibió sólo 12 años por cocaína mientras yo obtuve una sentencia de por vida".

Crack vs cocaína

Hernández, hoy de 38 años, estadounidense de abuelos mexicanos, creció en un barrio pobre de la pequeña ciudad de McKinney, al norte de Dallas, en Texas, donde el mercado de drogas floreció en las décadas de 1980 y 1990.
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Desde 2010 la disparidad de sentencias de traficantes de crack y cocaína se redujo de 100-1 a 18-1.
A los 15 años vendía cigarrillos de marihuana. A los 16 la reempacaba y distribuía en grandes cantidades. A los 17 vendía además cocaína, metanfetaminas y crack. A los 21 años fue arrestado.
"En esa ápoca las drogas golpearon Dallas. Estaban en todas partes. Uno pasaba de bailar breakdance, a hacer skateboarding, a estar vendiendo drogas.Todo el mundo lo hacía", dice desde su casa en Dallas, en donde cumple un programa parcial de prisión domiciliaria antes de quedar por completo en libertad el 11 de agosto de este año.
Hernández se ha convertido en uno de los rostros más visibles la disparidad de sentencias de crímenes de droga en Estados Unidos, que según cifras del Departamento de Justicia (DOJ) afecta a más de 8.800 condenados por delitos de crack, la mayoría de ellos negros (87%) e hispanos.

Cuando 5 equivale a 500

La disparidad de sentencias surgió con la Ley contra el Abuso de Drogas de 1986, como parte de la aproximación de mano dura de la llamada "Guerra contra las drogas".
Así como la ley le permitió al ejecutivo estadounidense presionar a gobiernos extranjeros para que cooperaran en su lucha contra las drogas, incautaran bienes de traficantes y tomaran medidas punitivas contra el lavado de dinero, también endureció los castigos para los distribuidores, de acuerdo al tipo de droga que comercializaran.
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En la época que Hernández (cuarto a la der.) estuvo en la prisión El Reno, de 17 condenados a cadena perpetua por crímenes de droga sólo uno era blanco. Los otros eran negros o hispanos.
En 1998, cuando Hernández fue condenado, la ley mandaba que un traficante de crack fuera castigado con una sentencia 100 veces mayor a la de uno de cocaína.
Es decir, un traficante de cinco gramos de crack pagaba una condena mínima de cinco años de cárcel sin derecho a libertad condicional, y uno de 500 gramos de cocaína pagaba el mismo castigo.
Esa desproporción cambió en 2010, cuando la Ley de Sentencia Justa, aumentó la cantidad mínima de crack para la condena de cinco a 28 gramos, haciendo que la disparidad se redujera a una relación de 18-1.
Bajo las leyes actuales, quien trafica cinco gramos de crack recibe el mismo castigo que un traficante de 90 gramos de cocaína.

Discriminación judicial

El problema para muchos es que el desequilibrio de sentencias delata la desigualdad judicial entre ricos y pobres en EE.UU. y afecta sobre todo a las minorías.
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El presidente Brack Obama visitará la cárcel El Reno este jueves, como parte de su propósito de sacar adelante reformas a la justicia. 
"De las 17 personas condenadas en esa prisión a cadena perpetua sin libertad sólo había un blanco", le dice Hernández a BBC Mundo, recordando sus compañeros de reclusión en El Reno, donde pasó sus últimos seis años.
Cifras oficiales revelan que el 48% de los 208.000 reclusos en prisiones federales de EE.UU. pagan condenas por delitos de drogas.
El 37% de esos presos son negros y el 34% son hispanos.
"Todos los que ves pagando largas penas o cadena perpetua allí son negros o hispanos, condenados por delitos de crack", explica.
"Y todo el mundo sabe que el crack es distribuido por estadounidenses de las minorías", asegura Hernández.
Entre las voces más enfáticas a favor de una reforma a la disparidad de sentencias de drogas está la del presidente Barack Obama, quien se convertirá el primer presidente en ejercicio en ir a una cárcel federal en la historia de EE.UU., cuando visite El Reno este jueves.
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Desde que empezó la guerra contra las drogas en la década de los 80, la población carcelaria se multiplicó casi por 10 en EE.UU.. Hoy el país tiene el 25% de presos del mundo. 
Terri Adams, profesora de la Universidad Howard en Washington asegura que la guerra contra las drogas ha tenido un gran impacto sobre las minorías, en especial la comunidad negra.
"La guerra a las drogas tiene gran impacto sobre la comunidad negra de EE.UU.", le dijo Adams a la BBC.
"Lo que está haciendo el presidente es enviar un mensaje a las comunidades más vulnerables", afirmó.

"Un castigo que no se ajusta al crimen"

En una semana ambientada desde la Casa Blanca por una reforma a la justicia criminal, Obama también anunció el pasado lunes que conmutó las penas de 46 presos condenados por delitos no violentos relacionados con posesión o distribución de drogas, completando 89 clemencias en lo que va de su mandato.
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Hernández trabaja como "mentor de cocina" en el Café Momentum en Dallas, donde ayuda a jóvenes con historial delincuencial a lograr una vida fuera de la ilegalidad.
Y el martes, hablando en la convención de la Asociación Nacional del Avance de las Personas de Color (NAACP por sus siglas en inglés), aseguró que urge una reforma a la justicia que EE.UU. tiene el 25% de los presos del mundo.
"Tenemos más gente presa que los 35 países más grandes de Europa juntos", aseguró Obama, quien hizo además un llamado a los congresistas a apoyar en diciembre los proyectos de ley bipartidista de reforma a la justicia que reducirán más la disparidad entre los delincuentes de crack y cocaína.
"Estos hombres y mujeres no eran grandes criminales, sus castigos no se ajustan a sus crímenes", dijo Obama ante un auditorio lleno.
"Yo creo que Estados Unidos es una nación de segundas oportunidades, y esta gente merece una segunda oportunidad", agregó.
Jason Hernández está a pocas semanas de quedar completamente en libertad.
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Jason Hernández -en la foto con su mamá- espera el fin de su condena en la casa de sus padres en Dallas.
Hoy Hernández tiene dos trabajos de medio tiempo. Trabaja como soldador en un taller mecánico y en el Café Momentum, un restaurante en Dallas que emplea delincuentes juveniles que han pagado condenas. Hernández es el "mentor de cocina" de esos jóvenes.
También tiene la organización Crack open the Door, con la que pretende ayudar a condenados con casos similares al suyo a conseguir la reducción de sus sentencias.
"Estoy en contacto con alguien del departamento de policía de McKinney para hablarle a los jóvenes en prisiones juveniles y compartir con ellos mi historia", dice.
Y agrega que aunque no quisiera nunca volver a prisión, regresaría sólo este jueves a El Reno para agradecerle al presidente Obama la conmutación de su sentencia.
"Quisiera volver sólo para darle la mano al presidente Obama", afirma Hernández.